Cristina Cuesta: «es verdad que ETA ya no mata, pero aun quedan temas pendientes respecto a la memoria»

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Cristina Cuesta, víctima del terrorismo de ETA, nos cuenta cómo le afectó el fallecimiento de su padre, como lo vivió y como cambió su vida. Nos muestra que el camino correcto no es el de la violencia, aunque sea lo que primero se te viene a la cabeza.

Entrevista por Claudia Pérez y María Onega

¿Cuáles fueron tus primeros pensamientos al recibir la llamada de que algo le había pasado a tu padre?

Lo primero se me saltaron los sistemas de alarma. Yo ya sabía que mi padre era una persona amenazada. Habían asesinado a su jefe un mes antes, y mi padre muy valientemente asumió esa responsabilidad cuando mataron a su jefe de Telefónica. Desde entonces mi padre vivía protegido con dos escoltas, y la amenaza flotaba en el ambiente.

Cuando me dijeron que bajara porque a mi padre le había pasado algo, yo inmediatamente supe que eso era un atentado. Entonces, mi primer instinto fue preguntar por la supervivencia de mi padre: salí corriendo preguntando cómo estaban mi padre, si había muerto, si estaba herido, dónde estaba. Bajé corriendo desde el noveno piso, porque ingenuamente, en un principio, pensaba que estaba herido y por eso lo habían llevado al hospital. Pero desgraciadamente no tenía razón.

Finalmente tuve que certificar que mi padre había fallecido y llamar a la familia que ya se estaba enterando por las noticias. A partir de allí, ya viene un bajón que se llama estrés post-traumático y te encuentras en una nebulosa. Una situación que tuvimos que vivir más de una familia en los años ochenta, llamada la «década de plomo» en el País Vasco. Hoy en día las víctimas están atendidas por psicólogos, asistentes sociales, policías, jueces, etc. pero en ese momento no había esos medios; en los ochenta se mataba mucho más y las víctimas estábamos muy solas y no recibíamos ningún tipo de ayuda.

¿Esos hechos cómo afectaron a tu vida personal?

Mi vida cambió absolutamente. Pasé a ser la responsable de mi madre, que se encontraba con depresión, y mi hermana de catorce años, teniendo yo solamente veinte años. Tuve que dejar de estudiar lo que quería, periodismo, para ponerme a trabajar en Telefónica. Al mes del asesinato de mi padre, yo entraba por la misma puerta por la que él salió antes de ser asesinado. Lo principal era poder crear una situación de normalidad ante el drama de la pérdida tan injusta de un ser querido. En ese momento me tuve que arremangar y decir «hay que tirar para delante», y tuve que seguir.

La vida sigue y es lo que toca. La vida sigue, pero con muchas dificultades. La perdida de un ser querido siempre es un disgusto tremendo, pero en el caso del terrorismo el ambiente, el contexto, el entorno no ayudan. En mi caso, yo no podía decir que era víctima del terrorismo, porque los terroristas culpabilizaban a mi padre de su asesinato. Era un entorno en el que mucha gente justificaba lo que le habían hecho a mi padre, que justificaban los crímenes, y lejos de apoyarlo, se distanciaron. Son cosas que hoy, afortunadamente, no se entienden, pero en ese momento estaban a la orden del día.

¿Si pudieras decirle algo al responsable del asesinato de tu padre, qué sería?

Le preguntaría directamente si se ha arrepentido del crimen cometido después de tantos años, sí ha evolucionado, si ha sido consciente del daño que realizó, si es consciente de cómo truncó la vida de dos familias y si tantos años en la cárcel le han servido para reinsertarse. Y otra cosa más personal que me interesa como madre y como educadora de un hijo: qué les cuenta a sus hijos cuando le preguntan por qué ha estado tantos años en la cárcel. Si sus relatos y su justificación tiene algún sentido para él, lo lamentaría mucho.

A día de hoy, ¿sigues reivindicando la memoria, la justicia, la verdad y la dignidad?

Para mi los principios que defendemos las víctimas son como una forma de vida; es más que un hobby, es más que un trabajo, es una perspectiva. Aunque a veces tiene sus momentos duros.

Este año es muy importante para mi, porque voy a cumplir 37 años dedicada a defender la memoria de las víctimas. Lo digo y me da mucho vértigo, porque me veo muy joven para haber pasado tanto tiempo en ello. Cuatro años después del asesinato de mi padre, en 1984, empecé a reunirme con otras víctimas, a salir a la calle después de cada atentado terrorista.

Este año se cumplirán 35 años de la primera concentración silenciosa que hicimos los ciudadanos en San Sebastián, para defender la memoria de un policía nacional asesinado por ETA, Manuel Fuentes, y estoy escribiendo un artículo sobre porque salimos a la calle. Lo más importante no es que salgamos a la calle de vez en cuando, sino el compromiso que tomamos de salir siempre el día siguiente a un asesinato terrorista.

A día de hoy todavía hay temas pendientes. Es verdad que ETA ya no mata, y que hay otras organizaciones que ya no matan, pero quedan temas pendientes aun relacionados con la memoria, la justicia y la educación. Hay jóvenes que aun justifican lo que hizo ETA; todavía hoy, cuando los terroristas salen de la cárcel, se les hacen homenajes; y aun hay mucho crímenes que no han sido juzgados.

Como mencionas en una de tus entrevistas, es un orgullo para las víctimas españolas no haberos vengado y haber parado la cadena del odio, ¿te arrepientes de haber mantenido esa postura y no haber ido a más?

No, en absoluto. Lo más importante es que las víctimas del terrorismo, de todos los terrorismos que ha sufrido España, han tenido una actitud ejemplar. No se han vengado ni en las peores circunstancias. Es, precisamente, este comportamiento ejemplar el que hay que transmitir a los jóvenes: independientemente de lo que nos pase, tenemos siempre distintos caminos donde elegir, y hay que elegir siempre el camino de la ética, la convivencia.

Para mi una de las cosas más importantes de mi vida es poder decirle a mi hijo: «mira lo que le hicieron a tu abuelo, que no lo has llegado a conocer, pero tu madre y toda la familia se ha comportado de manera ejemplar». Porque, imaginemos que hubiera sido al contrario y que yo hubiera tomado un camino violento, ¿qué hubiera sido de mi familia?, ¿qué hubiera sido de mi madre y mi hermana? y, sobre todo, ¿qué hubiera sido de la memoria de mi padre?

Mi padre era una persona pacífica, y honrar la memoria de mi padre es ser como era él. Por supuesto, hay que reivindicar lo que le hicieron, para que no se olvide lo injusto del asesinato y luchar por la justicia, pero siempre de manera pacífica.

¿Qué es lo más importante que has aprendido gracias a esta experiencia?

A vivir en coherencia con los valores en los que creo, porque pienso que una de las claves de la felicidad es que tus emociones, tus pensamientos y tus acciones tengan cierta coherencia. Mi mayor aprendizaje ha sido aprender a comportarme de cierta manera respecto al tema: tener un comportamiento coherente en mi trabajo, en mi manera de pensar y en mis emociones, sin obviar la realidad y la verdad.

Además, también he aprendido a defender los valores universales, que es lo que nos diferencia de los terroristas; ya que ellos tan solo defienden los derechos de unos pocos, la gente que piensa como ellos. Cuando yo defiendo la vida y la libertad, también defiendo la vida y la libertad de los propios terroristas, incluso de aquellos que se saltan los derechos humanos.

Hacer esto no es nada fácil, porque hay muchos momentos duros, pero merece la pena. Al final tienes una concepción de ti mismo con la que estás satisfecho y puedes contárselo a tus hijos y nietos, y será un orgullo. Puedo ir a la tumba de mi padre y decirle que llevo muchos años luchando por recuperar su memoria y porque se haga justicia, y ese es mi mayor triunfo; con lo cual. para mi, tiene todo el sentido.

Últimamente te han otorgado un premio, ¿de qué trata?

La fundación Victimas del Terrorismo ha reconocido a todas las víctimas que, como yo, estamos yendo a contar nuestra historia.

Además tuvimos la inmensa suerte de que el rey de España, Felipe VI, nos entregase el premio. Es un gran honor que el rey nos diga que nos necesita para que los jóvenes entiendan cómo hay que comportarse ante lo peor. Fue muy emocionante y las palabras del rey fueron maravillosas.

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